El impostor
De chico no jugaba muy bien al fútbol. Por eso, cuando íbamos al campo de deportes, solía quedarme en el banco, sin prestar atención al partido, mirando de reojo a las chicas que jugaban al delegado. Un buen día encaré para donde ellas estaban y les pregunté si podía jugar. No solo me aceptaron esa vez, sino que de ahí en más siempre me invitaban y me sonreían cuando me veían ingresar a su territorio. Mientras hacía mi trayecto de desertor, Maika me miraba como si intentara descifrarme, como si tratara de ver algo más en mí que ese rechazo a seguir calentando un banco de madera. Iñaki, su hermano, era el volante más habilidoso del grado. Cada vez que volvíamos con el micro al colegio, sus amigos comentaban sus goles. Una mañana en que nos tocaba ir al campo nos avisaron a último momento que el micro estaba averiado. Por eso el profe propuso hacer un gran desafío de delegado en el patio. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero la cosa es que se empezaron a agrupar todas las chica...