El impostor


De chico no jugaba muy bien al fútbol. Por eso, cuando íbamos al campo de deportes, solía quedarme en el banco, sin prestar atención al partido, mirando de reojo a las chicas que jugaban al delegado. Un buen día encaré para donde ellas estaban y les pregunté si podía jugar. No solo me aceptaron esa vez, sino que de ahí en más siempre me invitaban y me sonreían cuando me veían ingresar a su territorio. Mientras hacía mi trayecto de desertor, Maika me miraba como si intentara descifrarme, como si tratara de ver algo más en mí que ese rechazo a seguir calentando un banco de madera. Iñaki, su hermano, era el volante más habilidoso del grado. Cada vez que volvíamos con el micro al colegio, sus amigos comentaban sus goles.
Una mañana en que nos tocaba ir al campo nos avisaron a último momento que el micro estaba averiado. Por eso el profe propuso hacer un gran desafío de delegado en el patio. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero la cosa es que se empezaron a agrupar todas las chicas de un lado y los varones del otro. Cuando estaba entrando al sector de los chicos, Iñaki me miró de arriba a abajo, escupió al piso y me dijo: -Te equivocaste de bando.
No me enojé. Tampoco me lo tomé como un chiste. De hecho, me sentía incómodo ahí. Así que una vez más abandoné aquel sector y me fui con las chicas. Me acuerdo de la intensidad con la que me contemplaba Maika. No sé si había alcanzado a escuchar las palabras de su hermano. Me puso una mano en el hombro y me dijo que todas las chicas querían que yo fuera el delegado. Maika fue la última en ser quemada. Cuando dejó la cancha, quedaban siete chicos del otro lado. Se me acercó y me dijo al oído: -Bajalos a todos.
Y así lo hice, sin perder una sola vida. Después ingresó Iñaki al campo de juego y cuando lo quemé por tercera vez, casi todas las chicas se me abalanzaron y me abrazaron. Maika me contemplaba a unos metros. Cuando sonó el timbre del recreo, me dijo: -Podrías ser un gran arquero.
Al año siguiente ingresé al industrial. Cuando Renzo, mi nuevo compañero de banco, me invitó a jugar al fútbol, le dije que atajaba. Como nadie más se ofreció, el puesto era mío. Atajando aprendí muchas cosas: cómo tirarme, cómo caer, cómo cortar los centros, cómo salir al encuentro de un jugador que recibe un pase de gol, cómo no comerme los amagues y sobre todo, cómo leer al rival. En la escuela nos habían enseñado a leer textos, pero nunca a leer los cuerpos, las caras, los movimientos.
En segundo año, durante un recreo, vi una cara familiar saliendo de carpintería. Era Iñaki. Había dejado el bachiller, rendido las equivalencias y ahí estaba, escondiendo su arrogancia detrás de la fachada del nuevo. Lo miré como a un intruso que se mete en un lugar donde no es esperado ni bienvenido. Pasó a un metro haciéndose el distraído, siguió caminando por el pasillo y se perdió detrás de las escaleras. Una mano en el hombro me hizo bajar a tierra. Era Renzo con el fixture del torneo.
El primer sábado nos tocó un rival flojo. Ganamos siete a cero sin despeinarnos. Hasta Renzo, que era un defensor bastante rústico, hizo dos goles.
El segundo partido fue más complicado, pero lo terminamos ganando dos a uno. Al acercarme al banco para tomar agua, divisé entre las gradas dos ojos verdes que me seguían. Era Maika. Yo sabía que no estaba ahí por mí, sino por su hermano, pero me gustó que me viera jugando.
El tercer sábado ganamos dos a cero. Maika estaba en el banco desde el primer minuto, lo cual me llamó la atención, porque el equipo de Iñaki jugaba más tarde. Me quedé a ver ese partido. Con sus cinco goles, Iñaki se ganó el lugar estelar del equipo.
Llegó el día de la final. El equipo de Iñaki, el más goleador. Y mi equipo, con la valla menos vencida. Maika en las gradas, expectante. A los cinco minutos, Iñaki recibió una pelota de contra, se sacó de encima a dos jugadores y cuando le salí desesperado la picó por encima de mi cuerpo. La pelota rebotó en el travesaño, me levanté y de un salto la atrapé. No había sido gol, pero Iñaki había hecho lo que quería y podía volver a hacerlo. Me acerqué a Renzo y le pedí que la próxima Iñaki no podía pasar, que lo bajara de cualquier manera. En un nuevo desborde, cuando Iñaki amagaba para encarar al arco, Renzo cumplió al pie de la letra. Se ganó la amarilla, pero al menos lo cruzó afuera del área. Iñaki caminó rengueando hasta la pelota y cuando el réferi pitó, le dio con comba para que se estrellara nuevamente en el travesaño, esta vez cerca del ángulo derecho. Después del tiro libre el partido se hizo chato y no hubo grandes jugadas. Parecía como si se hubiera concentrado todo en los primeros diez minutos y el resto estuviera de relleno. Faltaba un minuto para terminar cuando Renzo hizo un pase al arco. En lugar de descargarla a cualquier parte, empecé a avanzar con la pelota. Como ningún rival me salía, pasé el círculo central, seguí avanzando y le di un puntinazo que le rebotó en el culo a un defensor y descolocó al arquero. Gol de culo, pero gol al fin. Todos mis compañeros se me tiraron encima, después me alzaron y dimos la vuelta a la cancha. En medio del festejo, miré a las gradas, esperando reencontrarme con la mirada de Maika. Pero no había nada, solamente los ecos de los festejos de mis compañeros, que reverberaban sobre una tribuna vacía.

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